• Gustavo Hoffman

La Alimentación. Una Mirada Filosófica y Crítica - By Lic. Filosofía y Prof Ed. Fis. Gustavo Hoffman

Actualizado: oct 15



La alimentación, incluso la alimentación saludable, es un tema que hoy está en

boca de todos debido a los intereses de mercado que genera. Lamentablemente, creemos que las perspectivas de su abordaje son limitadas, estando pendiente aún, un abordaje filosófico, desde una mirada crítica, desde una perspectiva liberadora. Nuestra reflexión liberacionista y latinoamericana da cuenta de cómo los mecanismos opresivos han encontrado en las últimas décadas un nuevo aliado para sujetar los cuerpos y no permitirles liberar todo su potencial: la industria alimenticia, que, conforme pasan los años, cada vez se convierte más en una industria funcional a los intereses del sistema y menos en una aliada de la alimentación de las personas.


Vamos a comenzar a desandar esta serie de reflexiones rescatando un motivador relato del “recolector de perlas” Eduardo Galeano, para continuar luego desarrollando estas ideas que no son más que una profundización de la noción de la liberación de la corporalidad. Así describe el escritor uruguayo lo que él da en llamar “Una derrota de la Civilización”:



En el año 2002, cerraron sus puertas los ocho restoranes de Mc Donaldʼs en Bolivia. Apenas cinco años había durado esta misión civilizadora. Nadie la prohibió, simplemente ocurrió que los bolivianos le dieron la espalda, o mejor dicho: se negaron a darle la boca. Estos ingratos se negaron a reconocer el gesto de la empresa más exitosa del planeta, que desinteresadamente honraba al país con su presencia. El amor al atraso impidió que Bolivia se pusiera al día con la comida chatarra y los vertiginosos ritmos de la vida moderna. Las empanadas caseras derrotaron al progreso. Los bolivianos siguen comiendo sin apuro, en lentas ceremonias, tozudamente apegados a los antiguos sabores nacidos en el fogón familiar. Se ha ido, para nunca más volver, la empresa que en el mundo entero se dedica a dar felicidad a los niños, a echar a los trabajadores que se sindicalizan y a multiplicar gordos.

Quise rescatar este texto principalmente porque el mismo es un ejemplo más de

que ¡sí, se puede! ganar terreno en la lucha contra el espíritu, los ídolos y los templos de

este sistema deshumanizante, que por todos los medios posibles intenta convencer que

no existen alternativas. Rara vez se problematiza críticamente el desempeño intencional

de la industria alimenticia, y mucho menos se suelen conectar nuestros hábitos

alimenticios, tanto individuales como colectivos, con las estructuras socio culturales que

vitalizan al neoliberalismo de la era post-industrial. Por suerte para nosotros, existen

pensadores y activistas críticos que durante los últimos años nos vienen alertando acerca de las conexiones que hacen de la industria alimenticia, con todas sus grandes

corporaciones multinacionales, uno de los principales resortes del neoliberalismo.



¿Qué intentamos hacer con este tema tan urgente?

En primer lugar, no caer en la ingenuidad de creer que transmitiendo algunas ideas ya alcanza, cuando cada uno de nosotros transita por esta vida “oliendo panaderías”.

En líneas generales, todos tendemos a consumir lo que se nos pone delante, por eso es nuestra responsabilidad ir mucho más allá de la mera concientización, poco fecunda cuando no cambian las condiciones materiales. Un aspecto de nuestra propuesta, implica arrojar una mirada crítica a nuestro entorno, poniendo énfasis en

ver qué lugar viene ocupando el mercado alimenticio en el diseño de nuestras ciudades. Al hacer este ejercicio podemos empezar a ver, sin necesidad de atribuirnos culpas desmotivadoras, que nuestro entorno nos influye más de lo que pensamos.



Para comprender lo que comemos –y por qué en la actualidad muchos de nosotros consumimos los alimentos incorrectos y lo hacemos en exceso- debemos mirar más allá de nosotros mismos y de nuestros hábitos individuales. Debemos hacernos conscientes de la influencia que tiene el medio ambiente: el radio de 10 kilómetros o más en el que hacemos las compras, trabajamos, caminamos o conducimos, vamos a la escuela, comemos en restaurantes y pasamos la mayor parte de nuestra vida. Ahí, dentro de esa zona, es donde se nos influye para tomar decisiones saludables o poco saludables.


Nuestra filosofía no es quedarnos solamente con el momento crítico negativo

del análisis social, sino brindar herramientas liberadoras. En el caso de la alimentación

saludable que promovemos, es clave ir incorporándonos a otros circuitos comerciales

alternativos. Comenzar a realizar compras comunitarias sirviéndonos de proveedores de

verduras orgánicas, huevos, carnes de libre pastura y frutos secos, por citar los

alimentos más densos nutricionalmente. Vale aclarar que, ciertamente, estos

proveedores no se iniciaron con nosotros sino que nosotros comenzamos a ver lo que

desde antes estaba y no veíamos, encandilados como estábamos por la presunta

alternativa única del mercado hegemónico.


Por si esto no fuera poco en materia de beneficios para nuestra salud individual,

también reforzamos el cambio de hábitos alimenticios desde motivaciones éticas y

ecológicas. Una vez más nos apoyaremos en el promotor de las zonas azules para

expresar esto de una mejor manera.



Cada vez que damos un bocado, votamos por el mundo en el cual queremos habitar: ¿estamos apoyando un sistema que favorece un clima y un ambiente saludables, o estamos ayudando a contaminar nuestro entorno? ¿Compramos alimentos producidos por nuestros vecinos, o comida producida en fábricas con ingredientes que ni siquiera reconocemos?



Otra actividad posible es la de generar debates acerca de nuestros modos de

relacionarnos con la comida. La industria alimenticia, inclusive el mercado saludable, se

ocupa poco o nada de ello. Porque desde dicho mercado parecería ser que existe una

sola pregunta que podemos hacernos con respecto a este tema ¿qué comer? De allí

nacen incontables respuestas, cada una de las cuales responde a un interés particular de venta. Nosotros vamos más allá, conscientes de que existe un vínculo profundo cada vez que realizamos un intercambio energético nutricional. Es por ello que no reducimos

nuestras preguntas a ¿Qué comer? Sino también meditamos sobre ¿Cómo comemos?

¿Con quién comemos? ¿Cuánto comemos? Y, muy importante especialmente por el

modo actual de alimentarnos, ¿Cuándo comemos?



Como nos enseñara Ernesto Prieto Gratacós a través de sus expediciones al

Ártico canadiense, la clave para evitar las enfermedades degenerativas, el azote de este

nuevo siglo, está escondida en la fisiología de los pueblos de dicha región, que todavía

viven a la usanza tradicional. Tres características fisiológicas constituían los rasgos

característicos de los Inuit, quienes simplemente no padecían ninguna de las

enfermedades que atormentan a nuestra civilización occidental. Alta densidad

micronutricional, glucemias crónicamente bajas (por debajo de 80 mg/dl de sangre) y alta presión parcial de oxígeno en los tejidos. Evidentemente, su modo de ejercitarse y

alimentarse ha provocado que sus organismos no estén predispuestos a sufrir lo que

nosotros en nuestras cómodas ciudades padecemos cada vez con más frecuencia.


Si nos concentramos en nuestras glucemias, no sólo nos alcanzará atender a qué

comemos sino también al modo en que lo hacemos. Está comprobado que existen otros

factores, como el stress crónico sub-clínico, que disparan respuestas hormonales

manteniendo nuestras glucemias elevadas todo el tiempo. Finalmente, y como en un

círculo vicioso, dichas glucemias barren del torrente sanguíneo las pocas vitaminas

hidrosolubles que a duras penas ingerimos con la dieta standard de la actualidad. Este

fenómeno, hiperglucemia (altos niveles de glucosa en el torrente sanguíneo) combinada

con hipoascorbemia (escasez de vitamina C en el torrente sanguíneo), contribuye de

manera directa con la predisposición a contraer algún tipo de enfermedad degenerativa

como la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial, los infartos, ACV, Alzheimer o

cáncer.


Intentando darnos respuestas a la pregunta de ¿Cómo comemos?, en nuestras

prácticas reflexionamos acerca de los siguientes binomios: solos/con seres queridos,

parados/sentados, preocupados/relajados, exigentes/agradecidos, rápido/lentamente,

distraídos/conscientes. Obviamente, intentamos inclinarnos por las segundas opciones

de la serie.



Queremos abordar a continuación el tratamiento que le damos a la pregunta

referida a ¿Cuándo comer? Uno de nuestros mentores, quien le da sustento teórico

confiable a nuestras convicciones, es el nefrólogo canadiense Jason Fung. En su libro "El

código de la obesidad", dedica un capítulo entero a responder esta pregunta. A

continuación citaremos un fragmento significativo del mismo.


La pérdida de peso duradera es un proceso que incluye dos pasos. Son dos los factores principales que hacen que nuestros niveles de insulina se mantengan elevados. El primero son los alimentos que ingerimos, que es lo que solemos modificar cuando hacemos dieta. Pero no abordamos el otro factor: el problema a largo plazo que es la resistencia a la insulina. Este problema tiene que ver con los momentos y las veces en que comemos. (…) Para tener éxito, debemos romper el ciclo de la resistencia a la insulina. (…) Para romper este ciclo, debemos transitar por períodos de niveles muy bajos de insulina de forma recurrente. Pero ¿Cómo podemos inducir a nuestro cuerpo a que tenga, durante un tiempo, unos niveles de insulina muy bajos? La respuesta que buscamos puede resumirse en una palabra: ayuno.

Con este tema del ayuno estamos avanzando lentamente, con pie de plomo. No

es nuestra intención espantar a la gente. Los que nos hemos introducido ya hace un

tiempo en esta técnica, y por lo tanto ya hemos comenzado a experimentar sus

beneficios, tendemos a tomar este acto consciente como algo habitual. Pero cuando lo

compartimos abiertamente, muchas veces caemos en la cuenta de que la gente que nos

escucha queda como pasmada ante un concepto tan ajeno, y tan descabellado según lo

que les dicta el sentido común. Claro está que lo que llamamos sentido común, suele

estar guionado intencionadamente por los formadores de opinión que sostienen este

sistema deshumanizante, que genera víctimas y frente al que nos hemos declarado ateos.


Es una de nuestras tareas desnaturalizar el sentido común. Y para ello le “enrostramos”

algunos interrogantes incisivos. Por ejemplo, y al respecto del tema del que estamos

hablando, nos hacemos juntos la siguiente pregunta:


¿Quién gana cada vez que pensamos que ayunar es una locura? La respuesta emerge claramente: las empresas que no se pueden permitir que bajen sus niveles de venta, por culpa de estos irreverentes consumidores que descabelladamente deciden “parar”. Un dato cuya elocuencia no necesita demasiadas explicaciones.

Cuando ocurrió el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, el líder del país afectado lanzó una conferencia de prensa que repercutió en todo el mundo. Podría haber dicho muchas cosas, o haber dado muchos consejos en ese momento en que la atención del mundo estaba puesta en sus reflexiones.

Pero prefirió, hablando al ciudadano común y a su familia, básicamente decir algo así

como lo siguiente: “dejen que nosotros nos encarguemos de los terroristas, ustedes sigan con su ritmo habitual de vida”, a lo que siguió el consejo sagrado que resume

contundentemente el espíritu del Sistema: “go shopping”.



Técnicamente, la actividad que proponemos y en la que nos vamos aventurando

de manera lenta pero segura, es el ayuno intermitente breve, de 24 a 36 hs, de manera

cíclica, aquel que no necesita supervisión médica para los individuos sanos. Por supuesto que previamente vamos preparando el terreno para que se vuelva propicio a la

hora de lanzarse a implementar esta técnica.

Por ejemplo, intentando bajarnos de la “montaña rusa metabólica” (hiperglucemias seguidas de hipoglucemias reactivas, generadas a partir de una dieta basada en azúcares simples y carbohidratos refinados).

O promoviendo un mayor consumo de alimentos ricos en magnesio y potasio como las

verduras o la palta. Llevar adelante esta técnica cobra mucho más sentido cuando se

practica de manera colectiva y cuando forma parte de una filosofía de vida que le otorga

coherencia dentro de un todo más amplio.



Ese “todo” del que estamos hablando incluye además otros tipos de “ayunos intermitentes”, como el del exceso de información (según los principios de la ignorancia selectiva). Creemos firmemente que prescindir, aunque sea